jueves, 6 de abril de 2017

Ayúdame a ser valiente, Venezuela

Aún hay gente valiente, luchadora, de esa que sale a la calle sin saber si podrá regresar a su casa. Aún hay gente con esperanza, gente que tiene la energía para seguir luchando, gente que madruga todos los días para conseguir algo que les permita darles de comer a sus hijos y a sus familias.

Aún hay gente valiente, gente que decidió partir y emprender un camino incierto, difícil, nuevo en otras fronteras.

No quiero tener que imaginar este país destruido totalmente, pero lamentablemente siento que día a día se nos va, que perdemos un espacio en el cual sentirnos cómodos, que no hay leyes, justicia, sentido de libertad.
Hay mucha gente valiente en las calles, pero la mayoría se siente atada, perseguida, violentada, agredida, y la valentía se queda corta ante el arma, el golpe, la corrupción.

Pierdo la esperanza y me entristece hacerlo. Siempre he querido vivir aquí. En mi tierra, mi espacio, mis montañas, y es desgarrador sentir que en estas montañas tan nobles pareciera tener más peso la violencia que la valentía. Es desgarrador sentir que el poder, la corrupción, la dictadura se lleva por delante todo lo que tiene que ver con un mínimo sentido humanitario.

Aún hay gente valiente y valiosa. De esas personas duras, fuertes, con determinación y de decisión. Pero está gente valiente, está pasando hambre, está sufriendo, está despidiendo a sus hijos en los aeropuertos, está llorando una perdida, está en la cola de un mercado, está de farmacia en farmacia por un medicamento, está trabajando todos los días sin parar, esta angustiada por la llegada de la próxima quincena. Esta gente valiente, cada día, va perdiendo energías para luchar, va sintiendo que el país se está viniendo encima....

Y si alguien ha sido valiente, esa eres tú Venezuela. Mi país con nombre de mujer. Has aguantado tanto y aún hay amaneceres hermosos. Has soportado tanto daño, tanto odio. Ayúdame a sentirme esperanzada, a sentirme valiente para estar aquí. Ayúdame a encontrar un sentido. Ayúdame a encontrar valentía y a transmitirla. Ayúdame a luchar por ti.

sábado, 28 de enero de 2017

II. Ella quería sonreirle.

CAPÍTULO II.

Estaba haciéndose de noche. Ella pensaba que iba a ser una noche como cualquier otra. Mientras las horas pasaban iba creciendo en ella esa sensación inevitable de que el tiempo estaba delimitado, angustiosamente limitado. Quizás eso la hacía preguntarse qué era lo que ella quería y buscaba, pero por momentos sólo se sentía paralizada, inmóvil, como cuando te encuentras con algo que te asusta.

Esa noche ella volvió a verlo, tal como solía hacerlo casi todos los días. Su corazón latía un poco más fuerte pero sin sentirse incómoda, quería verse bien, quería que él se sintiera orgulloso de estar con ella. Él llegó y la abrazo con una fuerza reconfortante, mientras ella lo veia con una mirada un poco perdida. Sus ojos gritaban no saber qué hacer o qué decir.  Él, sin embargo, siempre se mostraba seguro, decidido, fuerte.

Esa noche, él la miraba diferente y ella se dió cuenta que él le intentaba decir algo con su mirada, algo difícil de poner en palabras. Ella entendió que mientras pudiera mantenerse en el rango de la mirada de él, ella estaría tranquila. Sintió curiosidad, curiosidad por saber esas palabras que él estaba expresando en su mirada. Estaba curiosa por escucharlo, pero sabía que esas palabras llegarían en cualquier momento, solamente debía esperar.

Ahí, mientras se encontraba en sus brazos, mientras hablaban sobre todo y nada a la vez, ella se encontraba pensativa. "Tienes que vivir el momento en el que estás"- pensó ella aquella noche - quizás mañana ya no estés aquí, o este otra persona a tu lado. Quizás, esta sea la persona con la que vas a compartir tus próximos años. Quizás, el tiempo tenga
un plan distinto. Quizás, debas dejarlo ir. Aún cuando así fuera, ella tenía la sensación de que en un futuro lo vería y no se arrepentiría de todo lo que había vivido con él, simplemente le sonreiria como solía hacerlo siempre, y por eso sentía que no debía detenerse.
"Simplemente debes vivir", eran las palabras que ella se repetía constantemente. Así que esa noche lo miró detenidamente antes de irse, lo abrazo con más fuerza que nunca y simplemente le sonrió. Ella sabía que esa sonrisa llegaría muy lejos.

lunes, 16 de enero de 2017

I - Algo había cambiado.

PRIMER CAPÍTULO. 
Algo había cambiado

Ella estaba en silencio, casi muda, con una sensación inevitable de no saber lo que estaba pasando. Ahí, en ese momento, lo miró a él, y supo que justo en ese instante, ya no tenía que preocuparse solo por ella y debía comenzar a pensar en dos. 
Esta idea casi la atrapó. La idea absoluta de empezar a pensar en compañia. En la posibilidad remota de servir dos tazas de café diarias, en vez de una sola. En ir al cine sin colocar la barra que separa una silla de la otra. En esa posibilidad casi alucinante de ver una película en compañía. En cocinar, no sólo para ella,  sino para alguien más. En compartir un libro, una noticia, y en sonreír como respuesta a las bromas de él. Pensó en esa maravillosa sensación de sentirse querida y deseada, y en su propio deseo de querer y desear a otro. Pensó, en cuestión de minutos, en cada fecha especial en la que ya no sería solo "ELLA" sino que estaría acompañada de un él, del cual se sentiría orgullosa.  Pero que sensación tan extraña - pensó, mientras comenzaba a sentirse agitada - justo en este momento sintió miedo. Si, miedo. Un miedo irremediable a renunciar, a cambiar,  a transformarse. Es que ella llevaba mucho tiempo simplemente cuidandose a sí misma, y esta idea de estar en compañía a otro era algo novedoso. ¿Cómo es eso? ¿Cómo se hace? ¿Lo sabré hacer? ¿Y si algo sale mal?. Por un momento, pensó en huir. Si, simplemente huir, así como si estuviera siendo perseguida por algún tipo de monstruo extraño y maligno. Ya cuando estaba a punto de salir corriendo y no volver, decidió voltear a verlo a él. Él era decidido,  fuerte, protector e interesante. Sobretodo,  interesante. Cuando ella lo vió a los ojos, pudo ver más allá de lo que ella pensaba que estaba observando. Ella entendió en ese momento que podía estar llena de inseguridad, podía no saber que estaba pasando por la mente de él, podía estarse arriesgando total y completamente, podía sentir miedo, temor ¡terror! pero, entendió que si decidía aceptar la compañía, debía preocuparse menos por las intenciones del otro, y más por las suyas. Debía entender que nunca iba a saber completamente si la otra persona estaba diciendo la verdad o la mentira, debía entender que ahora dejaría de importar tener el control de absolutamente todo,  debía entender que a partir de ahora, algo había cambiado, ya no eran solo "ELLA Y ÉL" como personas separadas, podía comenzar un NOSOTROS. 

jueves, 13 de octubre de 2016

El sabor agridulce de emigrar: El lugar, el espacio y su representación


La cotidianidad se ha convertido en una despedida constante. 
De alguna manera, se ha vuelto costumbre la típica pregunta "¿Y tú te vas o te quedas en Venezuela?". Me resulta terrible que eso sea algo que haya que preguntarse, que pensar e incluso realmente considerar. A veces, hay días en donde quiero salir corriendo, días en donde realmente este espacio se ha vuelto un espacio que no contiene, que agrede, que evado y que realmente me hace sentir incómoda. Hay otros días en donde amanezco en mi cuarto, en mi cama, con vida y llena de ganas de trabajar aquí, en donde naci. Esos días son aquellos días en donde al abrir las cortinas de mi cuarto, el azul del cielo y los rayos de sol me dan los mejores "buenos días" de todo el año. O quizás, se trata de esos días un poco lluviosos en donde lo que provoca es quedarme acostada unos diez minutos más, con ese típico frío que simplemente llega a estar en una temperatura perfecta. Si, es una relación tan ambivalente. Es un afecto que se ha convertido en algo inestable. Un lugar que amo pero que a veces busco evadir. 
En este proceso de comprender lo que me pasa, he entendido que más allá de toda la crisis política, económica, social y cultural; en lo particular, creo que el espacio físico en el que vivimos, se convierte en un espacio emocional con el que, al menos yo, tengo un apego que en algún momento fue seguro y luego se ha vuelto inseguro. Comprendí que mi espacio, mi lugar, lo que yo llamo "mi paraiso" tiene un valor muy grande para mi. Este paraiso es, simplemente, el lugar en el que ruego llegar todos los días con vida. Ese lugar en donde hemos construido un pedacito de paz. 
Cuando uno piensa en la posibilidad de irse, hasta el más minimo detalle, te resulta valioso. El espacio físico en el que vivimos, se vuelve una extensión de tu espacio mental y emocional. De alguna manera, es como si este espacio geográfico estuviera representado en tu mente a través de una imagen que tiene un significado emocional, así como lo dicen Hiernauxx y Lindon (2012):

"Las imágenes siempre han formado parte de la relación del ser humano con el mundo, con su entorno, con el medio. Así es que las imágenes surgen de la condición humana de estar provistos de sistemas perceptivos y cognitivos, por los cuales captamos nuestro entorno y lo hacemos nuestro. Estos procesos de percibir y procesar mentalmente el entorno —es decir, todo lo que es externo a nuestro cuerpo— son los que nos permiten elaborar imágenes mentales de esos entornos".

Las cosas que tienes, el espacio en el que vives, el libro que guardas en tu mesa de noche, la ropa que te colocas y la cama en la que duermes, tienen un significado para ti porque en algún momento los hiciste tuyos. Tú con tu manera particular de vivir, convertiste a estas cosas parte de tu rutina. Es, como si derepente, tuvieras que desprenderte de todo. ¡Y qué dificil es desprenderse! No me refiero al apego tipico de quién vive alienado y unido a lo material. No es como el apego que tenia Edward Norton en "Fight Club", no es como si esas cosas estuvieran ahí para darte una impresión de sustento. Más que las cosas, simplemente como cosas que compras para que estén ahi, me refiero al espacio físico en el que estás y con el que convives diariamente. Lo que si, es que de alguna manera, desprenderse de todo eso, sería como estar en compañia de tu propio Tyler Durden en tu propia casa mental abandonada. (Si no han visto la película, veanla). 
Aún cuando estas cosas son materiales, y ciertamente no son el punto más dificil de dejar, también constituyen parte de la vida que construyes en el lugar en el que vives. Creo que la emigración constituye un reto emocional y personal bastante costoso. Implica tener la fortaleza de llevarte en dos maletas de 23kilos cada una, toda una vida y toda una historia, contando que cada una de esas maletas lleva un respaldo de kilos de recuerdos en tu memoria. 
Es por esto, que de manera muy personal, creo que emigrar, implica, porsupuesto, la despedida de un montón de personas que no sabes cuándo o dónde volveras a ver, pero a la vez, implica desprenderte físicamente de un espacio que has construido mentalmente como tuyo, y quedarte, a donde sea que vayas, sólo con la representación que hiciste sobre ese lugar.
 Hace unos años, considerar emigrar, era una posibilidad que podía pensarse, quizás con la idea de retornar y traer aquí todo lo vivido, soñado, experimentado. Ahorita, la idea de irse, es a veces un modo de escape y de huida, ante una situación que parece no dejarte otra salida. Yo siento que es como si me estuvieran botando de un lugar en el que en otras condiciones no hubiera pensado jamás dejar. Es como si sintiera que no hay más nada que pueda hacer, que los recursos que tengo, aquí no me funcionan.  
La vida se me ha convertido en un despedir constante. La despedida cada vez más cercanas en tiempo de personas a las que quiero con toda mi alma. No saber cuándo los volveras a ver. Sentir que tu propia casa se ha quedado grande, porque no sólo migraron las personas, también el espacio físico se transforma y se hace más dificil de ver. 
La vida se me ha convertido en el uso constante del Skype para ver a quiénes extraño, en la transformación de una visita a una amiga, con unas cotufas y una película, en una conexión por internet en la que la interacción jamás puede ser analógica a la personal.
La vida se transforma de maneras increibles. Te hace cuestionar, pensar, imaginar en dónde se supone que deberías estar. Yo aún no lo sé. Me cuestiono casi todos los días qué será de mi en los próximos dos años y en dónde estaré, si seré capaz de mantenerme aquí o podría ir a un sitio con más posibilidades pero dejando mucho de mi en este pequeño espacio que llamo mi hogar. 
Yo aún no lo sé, pero la despedida la hago cada día, cada semana en la que salgo a la calle y lo único que veo es caos y unas calles que parecen ya no soportar más. 

sábado, 12 de marzo de 2016

Sin cautela.




     Sensaciones que van y vienen; como un sube y baja, como una tormenta que se calma justo cuando se está convirtiendo en tornado, como cuando vas cayendo en la parte más alta de la montaña rusa y llegas al comienzo. Sensaciones que no son necesariamente buenas o malas, simplemente son y están, y al estar, se hacen sentir profundamente. Aún cuando evado, llega el punto en donde busco sentir; así, profundamente, tal como viene... 

     Dejar de pensar y sentir. Es de esas cosas que me cuesta hacer. Yo misma me pongo una trampa. Se trata de la libertad absoluta de poder sentir sin restricciones, normas o planes. Sentir simplemente porque puedo hacerlo. Sin miedos, temores, o ningùn signo de cautela. ¿Acaso se puede? Sentir y dejarme llevar sin miedo a no tener control sobre eso, sin miedo a que el resultado sea bueno o malo. Sentir sin definir el sentimiento, dejarlo en la expresión, en la sutileza de sentir sin importar lo que venga después, y poder recordar ese sentir tal como vino sin inundarlo de algo preconcebido o explicaciones racionales del POR QUÉ o el PARA QUÉ. 

Solo sentir. Sin cautela, sin miedo, sin planes.

Solo sentir.  

María Gisela Piñango Lizardo

jueves, 20 de agosto de 2015

Venezuela: Un duelo inevitable.

          Cada año que finaliza, la esperanza se reduce y el miedo incrementa. He crecido y vivido, desde siempre, en un país que sin ser desarrollado ofrecía calidez, armonía y seguridad; Mientras yo iba creciendo, aprendiendo y explorando, algo iba pasando a mí alrededor. Al principio no entendía que era, no sabía que estaba pasando, pero algo estaba cambiando. Al pasar de los años, me di cuenta que uno de los cambios es que cada vez las oportunidades eran menores. Mientras yo voy hacia arriba, mi país, va hacia abajo. Lamentablemente, vamos en sentido contrario. 

      Esta diferencia ya no es una sensación de cambio imperceptible, es una percepción real que se nota semana tras semana; es el ambiente, la calidez de las personas, la educación desmejorada, los valores que ya no son táctiles, la seguridad personal y social se ha perdido totalmente.
      Recuerdo que cuando era pequeña disfrutaba ir al mercado; para mí era un juego; me sentaba en el carrito y organizaba los productos. Yo aún voy al mercado, pero ya no es lo mismo, dejo de ser divertido y han cambiado muchas cosas, entre éstas, hay dos diferencias fundamentales: La primera es que ya no me puedo sentar en los carritos, y la segunda es que ya no tengo productos para ordenar. Ir al mercado, en Venezuela, es un juego de competencia: ¡A ver, quién es el primero que agarra el producto y se lo lleva!

       Debo reconocer, si hay algo que me desordena totalmente es ver a personas mayores que devuelven lo que están buscando, si es que lo consiguen, porque no tienen el dinero para comprarlo. Es realmente triste. No es solo esto, hay mucho más… Para todo lo que haces, dudas. No te sientes seguro ni en tu propia casa. Sales a distraerte y lo que percibes es miedo, en ti y en los demás. Volteas a tu alrededor y las calles están colapsadas por centenares de gente haciendo una cola en la que posiblemente ya llevan horas con la “esperanza” de conseguir un paquete de papel, cuatro kilos de harina pan y lo que decidan “sacar”. 
       Por otro lado, es triste sentir que posiblemente no puedas o sea difícil ejercer lo que amas en TÚ país. ¿Por qué difícil? Aquí nada es recompensado, ni balanceado. El sueldo mínimo es cercano a 8,000 BsF, pero un par de zapatos cuesta 22000 BsF. ¿De verdad esto tiene sentido para alguien que tenga un mínimo de criterio de realidad?

       No puedes hacer lo que quieres, no puedes comprar lo que te gusta, no puedes ir a donde te parezca; no hay oportunidades, no se consigue o no es seguro. ¿Hasta cuándo? Esa es la gran pregunta.

        Venezuela es un paraíso para muchos de los que nacimos y crecimos aquí; para los que se fueron a buscar un mejor camino en otro lado, para todo aquél que quiere un futuro aquí o allá. La Venezuela en la que yo crecí, con sus paisajes, con su clima perfecto, con su gente cálida y coloquial, tiene mucho para dar… ¿A dónde te has ido?  La Venezuela de ahora está contaminada de violencia, inseguridad, colas, miseria, pobreza, tristeza, y todo esto implica, en términos psicológicos, un duelo.

Si, un duelo por todo lo que hemos perdido a lo largo de todos estos años e incluso un duelo por el miedo que sentimos a seguir perdiendo, y aún más complicado, un duelo por la posibilidad de escapar de esta dura realidad. 


VENEZUELA… ¿Dónde estás?

martes, 4 de agosto de 2015

La maravilla de vivir en vinculación.



Nacimos y vivimos en símbiosis y sintonía con otra persona que dedicó nueve meses a cuidarnos, alimentarnos, protegernos y querernos desde su interior. Somos, en sí mismos, el producto de la unión entre dos seres que, en algún momento, encontraron algo en común y decidieron conectarse en lo corporal, en lo físico. 

Crecemos y sobrevivimos a las primeras etapas de la vida en función del cuidado pleno y cuidadoso de una o varias personas que se iluminan con nuestra sonrisa adelantada y con nuestro llanto desesperado; llanto que aclama comida, afecto, necesidades básicas que necesitamos satisfacer sin posibilidad de postergación. 

Nuestra vida es dibujada en una esfera relacional; a donde vayas, hagas lo que hagas, te encuentras en constante vinculación. Es entonces, tu contacto con tu cuidadora, tu madre, el primer vínculo que formas en tu vida. Así, pasan los años y constantemente estableces distintos tipos de vínculos; duraderos, intensos, dolorosos, reconfortantes, superficiales o dañinos. El vínculo que estableces con alguién puede volar en el tiempo y ser longitudinal, o podría ser estático y ser transversal. A veces, es tú decisión que este vínculo perdure, y en otras ocasiones, la decisión no depende de ti. 

Hay vínculos que sobrepasan las barreras de la vida y se mantienen en la eternidad, más allá del plano físico. Hay vínculos que destruyen y desordenan la sincronía de vivir. Hay vínculos que enamoran locamente y de manera desenfrenada. Hay vínculos que, finalmente, construyen, ordenan, alimentan y permiten vivir, son productivos y producen alegría en tú vida. Hay vínculos que te ofrecen, te dan, y te reciben cuando sea necesario. 

Hay vínculos que simplemente vale la pena VIVIR. 

María Gisela Piñango Lizardo