Nacimos y vivimos en símbiosis y sintonía con otra persona que dedicó nueve meses a cuidarnos, alimentarnos, protegernos y querernos desde su interior. Somos, en sí mismos, el producto de la unión entre dos seres que, en algún momento, encontraron algo en común y decidieron conectarse en lo corporal, en lo físico.
Crecemos y sobrevivimos a las primeras etapas de la vida en función del cuidado pleno y cuidadoso de una o varias personas que se iluminan con nuestra sonrisa adelantada y con nuestro llanto desesperado; llanto que aclama comida, afecto, necesidades básicas que necesitamos satisfacer sin posibilidad de postergación.
Nuestra vida es dibujada en una esfera relacional; a donde vayas, hagas lo que hagas, te encuentras en constante vinculación. Es entonces, tu contacto con tu cuidadora, tu madre, el primer vínculo que formas en tu vida. Así, pasan los años y constantemente estableces distintos tipos de vínculos; duraderos, intensos, dolorosos, reconfortantes, superficiales o dañinos. El vínculo que estableces con alguién puede volar en el tiempo y ser longitudinal, o podría ser estático y ser transversal. A veces, es tú decisión que este vínculo perdure, y en otras ocasiones, la decisión no depende de ti.
Hay vínculos que sobrepasan las barreras de la vida y se mantienen en la eternidad, más allá del plano físico. Hay vínculos que destruyen y desordenan la sincronía de vivir. Hay vínculos que enamoran locamente y de manera desenfrenada. Hay vínculos que, finalmente, construyen, ordenan, alimentan y permiten vivir, son productivos y producen alegría en tú vida. Hay vínculos que te ofrecen, te dan, y te reciben cuando sea necesario.
Hay vínculos que simplemente vale la pena VIVIR.
María Gisela Piñango Lizardo

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