Cada año que finaliza, la
esperanza se reduce y el miedo incrementa. He crecido y vivido, desde siempre,
en un país que sin ser desarrollado ofrecía calidez, armonía y seguridad;
Mientras yo iba creciendo, aprendiendo y explorando, algo iba pasando a mí alrededor.
Al principio no entendía que era, no sabía que estaba pasando, pero algo estaba
cambiando. Al pasar de los años, me di cuenta que uno de los cambios es que
cada vez las oportunidades eran menores. Mientras yo voy hacia arriba, mi país,
va hacia abajo. Lamentablemente, vamos en sentido contrario.
Esta diferencia ya no es una
sensación de cambio imperceptible, es una percepción real que se nota semana
tras semana; es el ambiente, la calidez de las personas, la educación desmejorada,
los valores que ya no son táctiles, la seguridad personal y social se ha perdido totalmente.
Recuerdo que cuando era pequeña disfrutaba ir al mercado; para mí era un juego; me sentaba en el carrito y organizaba los productos. Yo aún voy al mercado, pero ya no es lo mismo, dejo de ser divertido y han cambiado muchas cosas, entre éstas, hay dos diferencias fundamentales: La primera es que ya no me puedo sentar en los carritos, y la segunda es que ya no tengo productos para ordenar. Ir al mercado, en Venezuela, es un juego de competencia: ¡A ver, quién es el primero que agarra el producto y se lo lleva!
Recuerdo que cuando era pequeña disfrutaba ir al mercado; para mí era un juego; me sentaba en el carrito y organizaba los productos. Yo aún voy al mercado, pero ya no es lo mismo, dejo de ser divertido y han cambiado muchas cosas, entre éstas, hay dos diferencias fundamentales: La primera es que ya no me puedo sentar en los carritos, y la segunda es que ya no tengo productos para ordenar. Ir al mercado, en Venezuela, es un juego de competencia: ¡A ver, quién es el primero que agarra el producto y se lo lleva!
Debo reconocer, si hay algo que
me desordena totalmente es ver a personas mayores que devuelven lo que están
buscando, si es que lo consiguen, porque no tienen el dinero para comprarlo. Es
realmente triste. No es solo esto, hay mucho más…
Para todo lo que haces, dudas. No te sientes seguro ni en tu propia casa. Sales
a distraerte y lo que percibes es miedo, en ti y en los demás. Volteas a tu
alrededor y las calles están colapsadas por centenares de gente haciendo una
cola en la que posiblemente ya llevan horas con la “esperanza” de conseguir un
paquete de papel, cuatro kilos de harina pan y lo que decidan “sacar”.
Por otro lado, es triste sentir
que posiblemente no puedas o sea difícil ejercer lo que amas en TÚ país. ¿Por
qué difícil? Aquí nada es recompensado, ni balanceado. El sueldo mínimo es
cercano a 8,000 BsF, pero un par de zapatos cuesta 22000 BsF. ¿De verdad esto
tiene sentido para alguien que tenga un mínimo de criterio de realidad?
No puedes hacer lo que quieres,
no puedes comprar lo que te gusta, no puedes ir a donde te parezca; no hay
oportunidades, no se consigue o no es seguro. ¿Hasta cuándo? Esa es la gran
pregunta.
Venezuela es un paraíso para
muchos de los que nacimos y crecimos aquí; para los que se fueron a buscar un
mejor camino en otro lado, para todo aquél que quiere un futuro aquí o allá. La
Venezuela en la que yo crecí, con sus paisajes, con su clima perfecto, con su gente
cálida y coloquial, tiene mucho para dar… ¿A dónde te has ido? La Venezuela de ahora está contaminada de
violencia, inseguridad, colas, miseria, pobreza, tristeza, y todo esto implica,
en términos psicológicos, un duelo.
Si, un duelo por todo lo que
hemos perdido a lo largo de todos estos años e incluso un duelo por el miedo
que sentimos a seguir perdiendo, y aún más complicado, un duelo por la
posibilidad de escapar de esta dura realidad.
VENEZUELA… ¿Dónde estás?

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