jueves, 13 de octubre de 2016

El sabor agridulce de emigrar: El lugar, el espacio y su representación


La cotidianidad se ha convertido en una despedida constante. 
De alguna manera, se ha vuelto costumbre la típica pregunta "¿Y tú te vas o te quedas en Venezuela?". Me resulta terrible que eso sea algo que haya que preguntarse, que pensar e incluso realmente considerar. A veces, hay días en donde quiero salir corriendo, días en donde realmente este espacio se ha vuelto un espacio que no contiene, que agrede, que evado y que realmente me hace sentir incómoda. Hay otros días en donde amanezco en mi cuarto, en mi cama, con vida y llena de ganas de trabajar aquí, en donde naci. Esos días son aquellos días en donde al abrir las cortinas de mi cuarto, el azul del cielo y los rayos de sol me dan los mejores "buenos días" de todo el año. O quizás, se trata de esos días un poco lluviosos en donde lo que provoca es quedarme acostada unos diez minutos más, con ese típico frío que simplemente llega a estar en una temperatura perfecta. Si, es una relación tan ambivalente. Es un afecto que se ha convertido en algo inestable. Un lugar que amo pero que a veces busco evadir. 
En este proceso de comprender lo que me pasa, he entendido que más allá de toda la crisis política, económica, social y cultural; en lo particular, creo que el espacio físico en el que vivimos, se convierte en un espacio emocional con el que, al menos yo, tengo un apego que en algún momento fue seguro y luego se ha vuelto inseguro. Comprendí que mi espacio, mi lugar, lo que yo llamo "mi paraiso" tiene un valor muy grande para mi. Este paraiso es, simplemente, el lugar en el que ruego llegar todos los días con vida. Ese lugar en donde hemos construido un pedacito de paz. 
Cuando uno piensa en la posibilidad de irse, hasta el más minimo detalle, te resulta valioso. El espacio físico en el que vivimos, se vuelve una extensión de tu espacio mental y emocional. De alguna manera, es como si este espacio geográfico estuviera representado en tu mente a través de una imagen que tiene un significado emocional, así como lo dicen Hiernauxx y Lindon (2012):

"Las imágenes siempre han formado parte de la relación del ser humano con el mundo, con su entorno, con el medio. Así es que las imágenes surgen de la condición humana de estar provistos de sistemas perceptivos y cognitivos, por los cuales captamos nuestro entorno y lo hacemos nuestro. Estos procesos de percibir y procesar mentalmente el entorno —es decir, todo lo que es externo a nuestro cuerpo— son los que nos permiten elaborar imágenes mentales de esos entornos".

Las cosas que tienes, el espacio en el que vives, el libro que guardas en tu mesa de noche, la ropa que te colocas y la cama en la que duermes, tienen un significado para ti porque en algún momento los hiciste tuyos. Tú con tu manera particular de vivir, convertiste a estas cosas parte de tu rutina. Es, como si derepente, tuvieras que desprenderte de todo. ¡Y qué dificil es desprenderse! No me refiero al apego tipico de quién vive alienado y unido a lo material. No es como el apego que tenia Edward Norton en "Fight Club", no es como si esas cosas estuvieran ahí para darte una impresión de sustento. Más que las cosas, simplemente como cosas que compras para que estén ahi, me refiero al espacio físico en el que estás y con el que convives diariamente. Lo que si, es que de alguna manera, desprenderse de todo eso, sería como estar en compañia de tu propio Tyler Durden en tu propia casa mental abandonada. (Si no han visto la película, veanla). 
Aún cuando estas cosas son materiales, y ciertamente no son el punto más dificil de dejar, también constituyen parte de la vida que construyes en el lugar en el que vives. Creo que la emigración constituye un reto emocional y personal bastante costoso. Implica tener la fortaleza de llevarte en dos maletas de 23kilos cada una, toda una vida y toda una historia, contando que cada una de esas maletas lleva un respaldo de kilos de recuerdos en tu memoria. 
Es por esto, que de manera muy personal, creo que emigrar, implica, porsupuesto, la despedida de un montón de personas que no sabes cuándo o dónde volveras a ver, pero a la vez, implica desprenderte físicamente de un espacio que has construido mentalmente como tuyo, y quedarte, a donde sea que vayas, sólo con la representación que hiciste sobre ese lugar.
 Hace unos años, considerar emigrar, era una posibilidad que podía pensarse, quizás con la idea de retornar y traer aquí todo lo vivido, soñado, experimentado. Ahorita, la idea de irse, es a veces un modo de escape y de huida, ante una situación que parece no dejarte otra salida. Yo siento que es como si me estuvieran botando de un lugar en el que en otras condiciones no hubiera pensado jamás dejar. Es como si sintiera que no hay más nada que pueda hacer, que los recursos que tengo, aquí no me funcionan.  
La vida se me ha convertido en un despedir constante. La despedida cada vez más cercanas en tiempo de personas a las que quiero con toda mi alma. No saber cuándo los volveras a ver. Sentir que tu propia casa se ha quedado grande, porque no sólo migraron las personas, también el espacio físico se transforma y se hace más dificil de ver. 
La vida se me ha convertido en el uso constante del Skype para ver a quiénes extraño, en la transformación de una visita a una amiga, con unas cotufas y una película, en una conexión por internet en la que la interacción jamás puede ser analógica a la personal.
La vida se transforma de maneras increibles. Te hace cuestionar, pensar, imaginar en dónde se supone que deberías estar. Yo aún no lo sé. Me cuestiono casi todos los días qué será de mi en los próximos dos años y en dónde estaré, si seré capaz de mantenerme aquí o podría ir a un sitio con más posibilidades pero dejando mucho de mi en este pequeño espacio que llamo mi hogar. 
Yo aún no lo sé, pero la despedida la hago cada día, cada semana en la que salgo a la calle y lo único que veo es caos y unas calles que parecen ya no soportar más. 

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