jueves, 20 de agosto de 2015

Venezuela: Un duelo inevitable.

          Cada año que finaliza, la esperanza se reduce y el miedo incrementa. He crecido y vivido, desde siempre, en un país que sin ser desarrollado ofrecía calidez, armonía y seguridad; Mientras yo iba creciendo, aprendiendo y explorando, algo iba pasando a mí alrededor. Al principio no entendía que era, no sabía que estaba pasando, pero algo estaba cambiando. Al pasar de los años, me di cuenta que uno de los cambios es que cada vez las oportunidades eran menores. Mientras yo voy hacia arriba, mi país, va hacia abajo. Lamentablemente, vamos en sentido contrario. 

      Esta diferencia ya no es una sensación de cambio imperceptible, es una percepción real que se nota semana tras semana; es el ambiente, la calidez de las personas, la educación desmejorada, los valores que ya no son táctiles, la seguridad personal y social se ha perdido totalmente.
      Recuerdo que cuando era pequeña disfrutaba ir al mercado; para mí era un juego; me sentaba en el carrito y organizaba los productos. Yo aún voy al mercado, pero ya no es lo mismo, dejo de ser divertido y han cambiado muchas cosas, entre éstas, hay dos diferencias fundamentales: La primera es que ya no me puedo sentar en los carritos, y la segunda es que ya no tengo productos para ordenar. Ir al mercado, en Venezuela, es un juego de competencia: ¡A ver, quién es el primero que agarra el producto y se lo lleva!

       Debo reconocer, si hay algo que me desordena totalmente es ver a personas mayores que devuelven lo que están buscando, si es que lo consiguen, porque no tienen el dinero para comprarlo. Es realmente triste. No es solo esto, hay mucho más… Para todo lo que haces, dudas. No te sientes seguro ni en tu propia casa. Sales a distraerte y lo que percibes es miedo, en ti y en los demás. Volteas a tu alrededor y las calles están colapsadas por centenares de gente haciendo una cola en la que posiblemente ya llevan horas con la “esperanza” de conseguir un paquete de papel, cuatro kilos de harina pan y lo que decidan “sacar”. 
       Por otro lado, es triste sentir que posiblemente no puedas o sea difícil ejercer lo que amas en TÚ país. ¿Por qué difícil? Aquí nada es recompensado, ni balanceado. El sueldo mínimo es cercano a 8,000 BsF, pero un par de zapatos cuesta 22000 BsF. ¿De verdad esto tiene sentido para alguien que tenga un mínimo de criterio de realidad?

       No puedes hacer lo que quieres, no puedes comprar lo que te gusta, no puedes ir a donde te parezca; no hay oportunidades, no se consigue o no es seguro. ¿Hasta cuándo? Esa es la gran pregunta.

        Venezuela es un paraíso para muchos de los que nacimos y crecimos aquí; para los que se fueron a buscar un mejor camino en otro lado, para todo aquél que quiere un futuro aquí o allá. La Venezuela en la que yo crecí, con sus paisajes, con su clima perfecto, con su gente cálida y coloquial, tiene mucho para dar… ¿A dónde te has ido?  La Venezuela de ahora está contaminada de violencia, inseguridad, colas, miseria, pobreza, tristeza, y todo esto implica, en términos psicológicos, un duelo.

Si, un duelo por todo lo que hemos perdido a lo largo de todos estos años e incluso un duelo por el miedo que sentimos a seguir perdiendo, y aún más complicado, un duelo por la posibilidad de escapar de esta dura realidad. 


VENEZUELA… ¿Dónde estás?

martes, 4 de agosto de 2015

La maravilla de vivir en vinculación.



Nacimos y vivimos en símbiosis y sintonía con otra persona que dedicó nueve meses a cuidarnos, alimentarnos, protegernos y querernos desde su interior. Somos, en sí mismos, el producto de la unión entre dos seres que, en algún momento, encontraron algo en común y decidieron conectarse en lo corporal, en lo físico. 

Crecemos y sobrevivimos a las primeras etapas de la vida en función del cuidado pleno y cuidadoso de una o varias personas que se iluminan con nuestra sonrisa adelantada y con nuestro llanto desesperado; llanto que aclama comida, afecto, necesidades básicas que necesitamos satisfacer sin posibilidad de postergación. 

Nuestra vida es dibujada en una esfera relacional; a donde vayas, hagas lo que hagas, te encuentras en constante vinculación. Es entonces, tu contacto con tu cuidadora, tu madre, el primer vínculo que formas en tu vida. Así, pasan los años y constantemente estableces distintos tipos de vínculos; duraderos, intensos, dolorosos, reconfortantes, superficiales o dañinos. El vínculo que estableces con alguién puede volar en el tiempo y ser longitudinal, o podría ser estático y ser transversal. A veces, es tú decisión que este vínculo perdure, y en otras ocasiones, la decisión no depende de ti. 

Hay vínculos que sobrepasan las barreras de la vida y se mantienen en la eternidad, más allá del plano físico. Hay vínculos que destruyen y desordenan la sincronía de vivir. Hay vínculos que enamoran locamente y de manera desenfrenada. Hay vínculos que, finalmente, construyen, ordenan, alimentan y permiten vivir, son productivos y producen alegría en tú vida. Hay vínculos que te ofrecen, te dan, y te reciben cuando sea necesario. 

Hay vínculos que simplemente vale la pena VIVIR. 

María Gisela Piñango Lizardo