Tenía meses sin escribir. Hasta
que hoy, decidí volver a conectar mis pensamientos en un papel. Esta vez no
vengo a hablarles de amor, de felicidad, de tolerancia o de perfección. Esta
vez quiero ir más allá y contarles un poco de qué significo para mi empezar a estudiar
psicología en la católica. Especifico en la católica, porque es en dónde he
tenido la oportunidad de estar durante ya casi un año, no podría generalizarlo
a otras universidades pues no sé cómo es la dinámica.
Decidí escribir sobre esto,
porque digamos que es una de las mejores formas en las que uno puede expresar y
desahogar lo que piensa y siente, o al menos yo siempre lo he creído así. En mi
caso, siempre pensé en psicología en la UCAB. Al entrar, te encuentras con todo
tipo de personas, entre ellas, están esas personas que no es exactamente lo que
tenían pensado estudiar, otros que están allí solo por “estudiar algo” y otros
tantos que están allí porque era su primera opción. La entrada en la
universidad en general no es nada fácil, es un cambio de vida total. Pero en
psicología, es más rudo aún.
Sé que muchos entenderán esto,
cuando estás en 5to, ya casi terminando y te preguntan “¿Qué vas a estudiar?” Y
tú con tu mejor sonrisa respondes “Psicología en la UCAB” te encuentras con
todo tipo de reacciones. La que me da más risa, es esa típica respuesta,
acompañada de una mirada de lástima en la que te dicen “Pobre, te vas a volver
loca (o)”, o aquel que te mira y te dice “¿De verdad? ¿Y eso te gusta?”, y uno
hace lo que sea para dejar pasar ese momento incómodo y pensar “Bueno, yo voy a
poder, y si no al menos lo intentare”.
Y bueno, finalmente llega ese
gran primer día, en donde no sabes por qué razón pero los nervios te atacan
fuertemente. Y es normal, cuando nos acercamos a una situación nueva existe
miedo de no tener las estrategias de afrontamiento necesarias para poder
enfrentarla como se debe. Los primeros meses son rudos, porque comienzas a
conocer, explorar y entender cómo es la dinámica de la cuestión. Hace unos días
recordaba que en mi primer día, la primera clase fue la clase de Historia,
dónde había aproximadamente 90 personas, obviamente no conocía a nadie, y quede
prácticamente de última. Al llegar a mi casa, sólo pensaba “en qué rollo me
metí”.
Pasan las semanas, poco a poco te
vas acostumbrando a levantarte a las 4:30 am y llegar a tu casa a las 7 de la
noche. A sobrevivir en aquellos días en donde entras a las 8 am y sales a las 6
pm. Te acostumbras a comer recalentado. Te acostumbras a que tu bolso tenga más
o menos 4 libros por día y que pese como no tienen idea. Te acostumbras a que
tienes que llegar a estudiar todos los días porque tienes la probabilidad de
tener quiz TODAS las semanas, te acostumbras al sueño por las mañanas y el
cansancio por las noches. Te acostumbras a una clase de metodología los
miércoles a las 2 de la tarde, donde el sueño es más fuerte que cualquier cosa.
Te acostumbras a esto y mucho más.
Muchos leerán eso, y dirán “Yo
aún no me he acostumbrado”, créanme, lo he llegado a pensar, pero me doy cuenta
de que el que ha llegado hasta la fecha en la que estamos, supo enfrentar todo
eso y mucho más, y parte de aceptarlo es acostumbrarte a hacer cada una de esas
cosas parte de tu rutina y así irte integrando.
Al pasar los días te das cuenta
que la carrera es hermosa, es fuerte, el ritmo no es fácil, pero es realmente
fascinante. Te das cuenta que la gente que está a tu alrededor es distinta, un
estudiante de psicología es bastante particular. Y junto a esto puedo afirmar
que conocí a personas realmente geniales durante este primer año, amistades que
con el tiempo irán fortaleciéndose. Llegan los primeros parciales y no sabes ni
por dónde empezar, algunos tienen resultados muy buenos otros no tanto, como
les vengo diciendo, la cosa no es tan fácil cómo algunas personas suelen
pensar. Pero si te gusta lo suficiente, aún tienes la oportunidad de presentar
dos parciales más y recuperarte. Pero esto, sólo va a depender de ti, de nadie
más, la responsabilidad es solo tuya.
Por supuesto que hay días de días,
días y semanas completas en dónde no quieres saber sobre nada, dónde el espacio
que tienes es para comer y dormir, a veces ni de preocuparte mucho te da
chance. Pero todo va fluyendo, de verdad que sí. Lo más rudo quizás es si
llegas a dudar de tus propias capacidades, porque es quizás un ejemplo perfecto
de lo que en motivación definen como discrepancia. Tu estado actual en ese
momento es que estás estudiando y a lo mejor algunas cosas no te están saliendo
bien, pero tu estado ideal es pasar todas las materias, y llegar a segundo año
liso. La diferencia entre estos dos puntos a veces es lo que pone más presión.
Llega la época de sacar cuentas,
eso si es terrible. Cuánto necesitas para poder presentar los exámenes finales
y luego de eso, cuanto te dio la nota previa y cuanto tienes que sacar para
pasar tu materia. Porque si, debes acumular un mínimo de 10 puntos para luego
matarte estudiando todo lo que viste durante todo el año. La satisfacción de
llevar todas a finales es increíble, es allí, en ese punto en donde dices “Valió
la pena el esfuerzo”. Y aquel que no logro llevarlas todas, no está mal, lo que
debe es centrarse en las que pudo llevar, pasarlas y luego fajarse con las
otras en reparación.
En mi caso, las pase todas. Y me
siento realmente feliz y orgullosa por eso. Más que compartir esta experiencia
con ustedes quería dejarles un mensaje, decirle a todo aquél que lea esto que
luche por sus sueños día a día, que sé que cada meta lleva su sacrificio
consigo. Algunas veces nos detenemos pensando que no somos capaces de llegar al
final de la meta, pero lo que muchas veces no entendemos es que cada paso que
se da es importante y que a pesar de las caídas no debería estar permitido
decir “es imposible”, el hecho de que algo sea imposible o no, depende de si tú
lo crees imposible.
Ve y lucha por lo que quieres. Me
agradan las personas que tienen ganas de construir un futuro, de ser mejores
personas, de estudiar, de salir adelante. Creo que son ese tipo de personas las
que pueden hacer que este mundo sea un lugar mejor para estar y vivir día a
día.
María Gisela Piñango Lizardo
